El combustible que puede limitar el rendimiento
Durante el ejercicio utilizamos una combinación de grasas y carbohidratos para producir energía. A intensidades bajas puede existir una mayor contribución relativa de las grasas, pero conforme aumenta la intensidad aumenta también la dependencia de los carbohidratos (A. E. Jeukendrup, 2004).
Estos carbohidratos proceden principalmente de tres lugares: el glucógeno almacenado en el músculo, el glucógeno hepático que ayuda a mantener la glucemia y la glucosa que circula en sangre (en promedio pueden ser entre 1000 hasta 2000 Kcal en forma de glucógeno almacenadas).
El inconveniente es que nuestras reservas de glucógeno son limitadas.
Durante un esfuerzo prolongado, especialmente si es intenso, su disponibilidad disminuye progresivamente. Cuando los carbohidratos disponibles comienzan a ser insuficientes para mantener las demandas del ejercicio, sostener una potencia o un ritmo elevados se hace cada vez más difícil.
Aquí aparece el papel de los carbohidratos consumidos durante el ejercicio. Son lo que se denomina carbohidratos exógenos: energía que viene de fuera del organismo y que, una vez digerida y absorbida, puede utilizarse como combustible. La ingesta durante esfuerzos prolongados ayuda a mantener elevadas las tasas de oxidación de carbohidratos y a reducir
el riesgo de que la glucosa sanguínea se convierta en una limitación para el rendimiento (A. Jeukendrup, 2014).